Un año más, la vida vuelve a brotar en Comeuñas. Los arroyos, fieles a su memoria antigua, serpentean entre los cercados como lo hicieron siempre. El verde, soberano absoluto, lo cubre todo y derrama su aliento sobre una camada ilusionante en la casa Cuadri. Toros, utreros y erales toman cuerpo y verdad entre el barro de terracota, forjándose despacio, con la paciencia de la tierra. En Cabecilla Pelá, el aire se rompe con los bramidos de las madres, que reclaman a sus crías encamadas, mientras el campo late con fuerza propia. Suerte, ganaderos.




















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