Así de fulminante, así de irrevocable, fue el mensaje que Julio César lanzó al Senado romano en el año 47 a.C., tras barrer con la rapidez de un relámpago a Farnaces II del Ponto en la Batalla de Zela. “Veni, vidi, vici.” Tres palabras que no solo narraban una victoria, sino que la sellaban para la eternidad. Y así, con ese mismo pulso de historia viva, compareció David de Miranda en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla: vino, vio… y volvió a vencer.
No fue la primera vez. Tampoco será la última. Pero hay triunfos que no se repiten: se reafirman. Esta tarde, frente a otro toro serio y encastado del Parralejo, volvió a dejar claro que lo del año pasado —y lo de hace dos con los de Santi Domecq— no fueron destellos pasajeros ni caprichos del destino. Fueron avisos. Porque cuando un torero le pierde el respeto al miedo y le gana la cara a la verdad, los tendidos se transforman: dejan de ser grada y se convierten en un latido colectivo, en un manicomio de emoción donde cada muletazo abre cerrojos que durante demasiado tiempo permanecieron injustamente cerrados.
La Maestranza, testigo exigente y memoria viva del toreo, volvió a rendirse ante una evidencia: no hay contratiempo, por remoto que parezca, ni pandemia que apague una vocación cuando esta se sostiene sobre la fe, el sacrificio y la pureza. Lo de D. David Pérez Sánchez no es una casualidad. Es una forma de estar en el mundo. Son cosas de ARTISTAS. Y no hay que darle mas vueltas.
Porque no es sencillo levantarse cada día antes de que amanezca, cuando el silencio aún pesa, para ir a pelear con los propios límites. No es fácil no concederse treguas, ni siquiera en Navidad, en Año Nuevo o en un lunes del Santo en Trigueros —que aquí es casi ley—. Entrenar cuando nadie mira. Robarle horas al descanso, a la familia, a ese niño que crece mientras uno persigue un sueño que tarda en venir de vuelta. Persistir cuando el reconocimiento se demora, cuando después de haber rozado el cielo alguien decide apagar la luz y hacerte invisible.
Y, sin embargo, ahí estaba. El mismo torero que se jugó la vida sin reservas aquella tarde de agosto en Málaga. El mismo que ha sabido bordar el toreo con una clase limpia y serena en Sevilla durante estos últimos años. Un torero así no llega por azar: llega porque no sabe rendirse.
Ahora queda lo más hermoso: disfrutar. Recoger lo sembrado con paciencia infinita. Compartir la cima con esa legión silenciosa que nunca dejó de creer, que sostuvo cuando el viento soplaba en contra, que entendió que la humildad también es una forma de grandeza. Costó que germinara la semilla, sí. Pero nunca caminó solo.
Hoy da gusto mirar atrás, no con nostalgia, sino con gratitud. Saborear este presente que sabe a justicia. Y atreverse, por fin, a soñar en voz alta con un futuro que promete seguir escribiéndose a base de verdad.
Gracias, maestro.
Gracias por devolverle sentido a la afición, por borrar —muletazo a muletazo— tantas dudas, tantas batallas íntimas. Por resistir cuando otros no entendían y pagaban con cuitas. Por callar bocas que confundieron paciencia con debilidad. Gracias David.
Lo mejor… aún está por llegar.
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