La localidad onubense se vistió de fiesta para celebrar el décimo aniversario de la alternativa de su torero, en una tarde de lleno, emociones compartidas y recuerdos que calaron hondo antes de que los capotes dibujaran sus primeros vuelos.
Hay tardes que nacen con vocación de quedarse en la memoria...y ojalá de perdurar en el tiempo. Tardes en las que el toreo trasciende el ruedo para convertirse en sentimiento, en raíces, en memoria compartida. Trigueros vivió una de ellas el pasado domingo, 18 de octubre, cuando sus tendidos se llenaron hasta la bandera para celebrar los diez años de alternativa de David de Miranda, un torero que lleva el nombre de su pueblo prendido en el corazón y que encontró en su gente el mejor testimonio de una década de entrega a la profesión.
La expectación se hizo presente desde mucho antes de que sonaran los clarines con un "no hay billetes" colgado desde hacía 20 días. No era una tarde cualquiera. Sobre el papel, un cartel de atractivo indiscutible, con Enrique Ponce, David de Miranda y el novillero local Guillermo Luna, encargado de aportar el aroma de la juventud y la ilusión de quien sueña con abrirse camino en el difícil universo del toro. Frente a ellos, los novillos de El Freixo, la ganadería propiedad de Julián López, El Juli, llamados a poner emoción y materia prima a una celebración que tenía mucho de homenaje y no poco de reencuentro.
Pero el cielo quiso dejar también su pequeña huella en los prolegómenos. Un leve chaparrón se asomó sobre la plaza, como una pincelada inesperada sobre el lienzo de la tarde. Apenas un instante de lluvia, suficiente para añadir un punto de incertidumbre a los primeros compases, pero incapaz de apagar la ilusión que desbordaba los tendidos. Fue precisamente entonces cuando el tiempo pareció detenerse. Antes de que se rompiese el paseillo, la plaza guardó un respetuoso minuto de silencio en memoria de D. Manuel Ángel Millares, en el primer aniversario de su fallecimiento. Bajo aquella lluvia fugaz, el recuerdo adquirió una solemnidad especial. El silencio, tan elocuente a veces como el más rotundo de los olés, unió a los presentes en un mismo sentimiento de respeto y afecto. Porque también de eso está hecha la fiesta: de memoria, de ausencias y de nombres que permanecen vivos en el corazón de quienes los recuerdan.
Enrique Ponce comparecía con el poso de quien ha escrito páginas fundamentales en la historia reciente de la tauromaquia; David de Miranda, con la emoción añadida de celebrar una fecha señalada ante sus paisanos, y Guillermo Luna, con la responsabilidad y el privilegio de sentirse profeta en su tierra, arropado por una afición que quiso acompañarlo en su cita con el futuro.
Y cuando la seda, vestida de corto para la ocasión, comenzó a dibujar su particular lenguaje sobre la arena, Enrique Ponce volvió a demostrar por qué su nombre ocupa un lugar de privilegio en la historia del toreo. Estuvo muy bien en sus dos novillos, dejando muestras de ese oficio inmenso, esa capacidad para entender las embestidas y esa naturalidad que han sido señas de identidad de toda una época. Pero fue especialmente en su segundo donde emergió el Ponce más rotundo, el torero de figura que siempre fue: el hombre capaz de convertir la dificultad en armonía, de acompasar los tiempos con una precisión admirable y de someter la embestida a la cadencia de una muleta que parece prolongación de su propio cuerpo. Hubo en aquella faena ecos de una tauromaquia añeja y eterna, la de quien conoce todos los secretos del oficio y sabe que el toreo grande no necesita alzar la voz para imponerse. Ponce volvió a ser Ponce, en la expresión más cabal de su concepto, con la autoridad serena de las grandes figuras.
La tarde tenía, sin embargo, un nombre propio, y cada mirada parecía regresar inevitablemente a David de Miranda. El torero de Trigueros afrontó sus dos novillos con una seguridad que hablaba de madurez, de conocimiento y de confianza en sus propias posibilidades. Se mostró sobrado ante ambos, dueño de las distancias y de los terrenos, gobernando las embestidas con un toreo de clase, temple y dominio. Su muleta dibujó trazos acompasados, sin precipitación, buscando siempre que la embestida encontrara su sitio y que cada pase tuviera la hondura de lo que nace desde el convencimiento.
En David de Miranda hubo firmeza sin rigidez, mando sin aspavientos y una manera de torear que encontró en el temple uno de sus principales argumentos. Supo conducir a sus oponentes con la serenidad de quien conoce el camino y con la personalidad de quien no necesita renunciar a su concepto para imponerse. Ante su gente, en una fecha tan señalada, ofreció la imagen de un torero hecho, capaz de asumir el protagonismo de una celebración que no era solo un recuerdo de sus comienzos, sino también una afirmación de su presente. Diez años después de la alternativa, el aniversario encontró en su actuación una hermosa manera de mirar hacia delante.
La juventud tuvo su espacio en las manos de Guillermo Luna, que compareció ante sus paisanos dispuesto a aprovechar una oportunidad de las que dejan huella. El novillero local estuvo muy bien en sus dos novillos, mostrando decisión, valor y una actitud que conectó pronto con los tendidos. Especialmente vibrante resultó el comienzo de faena a su primer oponente, cuando se hincó de rodillas para recibir las primeras embestidas y enlazó después pases cambiados por la espalda, en una declaración de intenciones que encendió el ambiente. Fue un inicio de alto voltaje, de esos que anuncian que el joven torero ha venido a jugarse la carta con determinación.
Más allá de ese arranque, Luna mantuvo una disposición firme durante sus dos actuaciones, buscando siempre imponerse y demostrar que la ilusión puede convertirse en argumento cuando se acompaña de valor y entrega. Arropado por sus paisanos, encontró en el calor de la plaza el impulso necesario para afrontar las dificultades y dejar constancia de su ambición. En una tarde que reunía a una figura consagrada y a un matador en plena madurez, Guillermo puso la nota de juventud y esperanza.
El lleno de los tendidos hablaba por sí solo. La respuesta de Trigueros fue la de un pueblo que reconoce a los suyos, que sabe celebrar sus triunfos y que entiende el significado de una fecha como esta. Diez años después de aquella alternativa que abrió las puertas de una nueva etapa, y quince desde aquella tarde de estreno en Paterna del Campo, David de Miranda regresaba al encuentro de sus raíces para compartir con su gente el camino recorrido, los sacrificios asumidos y la ilusión que permanece intacta cada vez que se viste de luces. Porque la alternativa no es únicamente una ceremonia ni una fecha escrita en el calendario. Es una frontera entre el sueño y la responsabilidad, entre la esperanza del novillero y la exigencia del matador de toros. Y cumplir una década desde aquel momento supone mirar atrás sin dejar de otear el horizonte, con la memoria de lo vivido y la ambición de cuanto todavía queda por conquistar.
Trigueros fue escenario y protagonista; David de Miranda, motivo y sentimiento; y el toreo, una vez más, el lenguaje elegido para reunir a todos en torno a una misma pasión. Diez años después de su alternativa, el torero triguereño celebró junto a los suyos una década de camino recorrido, con la mirada puesta en el futuro y la certeza de que hay lugares donde cada triunfo tiene un sabor distinto. Porque en su tierra, donde los sueños comenzaron a tomar forma y donde cada aplauso lleva algo de memoria y de orgullo compartido, David de Miranda no fue solamente el protagonista de un aniversario. Fue el hijo que vuelve a casa convertido en torero, el hombre que celebra lo andado sin renunciar a lo que queda por andar. Y Trigueros, bajo un cielo que dejó caer unas gotas al comienzo de la tarde, volvió a abrazarlo con el lenguaje más hermoso que conoce: el de una plaza llena y una afición entregada.







































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